Spanish Translation

Un Sueño en Llamas

FieryTypewriterCentered

enfermo viajando

mis sueños a la deriva

por un paisaje destruido

-Matsuo Basho

El milagro ocurrió la noche del día 12 de octubre, 1976, dentro de un apartamento pequeño de Buenos Aires Avenida Corrientes, edificio 314. A exactamente 11:33, de repente la ruidosa máquina de escribir del reportero Raúl Heliodoro parió, y una obra maestra de doce palabras y diecisiete sílabas apareció en la vigésimo segunda línea de una página medio llena. La frase era tan linda que brillaba como un sueño en llamas, y después de haberla escrito, las manos de Raúl se cayeron del teclado como una mujer que ha dado luz al salvador del mundo.

Era una frase tan profunda e intensa que no cabía duda que si fuera dicho en público, sería capaz de pacificar el conflicto más amargo, seducir a la mujer más guapa, apostatar el adversario de libertad más feroz. Sacó el papel de la máquina y cortó la frase delicadamente con tijeras. Pasó la noche leyéndola una y otra vez, y se durmió con el papel al pecho. El próximo día, la llevó para ser laminado, y cada día después de eso llevaba el papelito en su bolsillo a dondequiera que caminaba. De vez en cuando, se sentaba al lado de la piscina del jardín botánico para verla como si fuera el cuerpo de una enamorada sumisa.

Pasaba sus noches imaginando el libro que construiría alrededor de la frase magnifica. Sabía que cualquier novela con esa inefable secuencia de palabras seria un clásico instantáneo, y la frase, su frase, seria repetido en aulas de estudiantes atentos y embelesados en todas las naciones del planeta.

Ahora bien, Raúl tenía bastante experiencia en el mundo de letras, y sabía como era empezar una obra literaria sin llegar al final. Esta vez, quería estar seguro de tener toda la historia completamente formada en su mente antes de poner tinta a papel. Entonces, cada día, después de haber escrito sobre las atrocidades de la dictadura, se sentaba sobre bancos con la frase en la mano, imaginando diálogos, creando caracteres, esculpiendo metáforas.

En febrero del próximo año, Raúl Heliodoro fue denunciado como socialista por un hombre quien casi no le conoció. El delator era un conocido quien fue golpeado por la policía secreta con un tubo de plomo hasta que les dieron nombres, y Raúl desapareció el día siguiente, secuestrado por agentes en negro quienes lo arrastraron, gritando y desnudo, de su cama.

Pero las diecisiete sílabas siguieron brillando en su cerebro como un barril de petróleo en llamas, y la historia se desarrollaba. Mientras que ellos torcieron sus dedos hasta que quebraron y derramaban líneas de sangre, la trama fue perfeccionada. Mientras lo golpearon con porras de goma alrededor la cara y el cuello y exigían nombres de otros conspiradores, los personajes alucinaban con pasados y excentricidades. A medida que lo ataron a una silla y le lanzaron agua herviente en la cara, los detalles de la historia de los amantes fue perfeccionada. Mientras que  cortaron partes de las orejas y las dieron a perros, el clímax sorprendente que un día escribirá fue pulido y revisado.

La historia cambió y evolucionó, centenares de páginas alrededor de la frase clave que brillaba por dentro. Entonces, finalmente un día, tan arbitraria y inexplicablemente como fue secuestrado, después de más de medio año en la cárcel sin juicio, decidieron de soltarlo.  Y ese día, cuando él salió, sonrió con la satisfacción más amplia que la libertad. Porque ya tenía el libro entero listo en la mente.

Regresó a su casa y se sentó en frente de su máquina de escribir, colocando un papel nuevo con las manos vendadas y temblorosas. Pero, mientras que ponía  sus dedos torcidos sobre el teclado, de repente se dio cuenta de que había olvidado la frase.

Buscó el papel en todos los rincones del apartamento, pero no lo encontró. Lo había dejado sobre su escritorio el día que fue secuestrado, y la brisa analfabeta de Argentina lo había soplado por la ventana hace meses. Se desesperó. Se enojaba, lloraba, golpeaba las paredes. Se recostó en la cama y pensaba en la historia una y otra vez. Todos los diálogos, todos los pasajes descriptivos, todo los giros de la trama intricada. Pero la frase había desaparecido.

Raúl siguió adelante y escribió el libro. Demoró tres años y nunca intentó publicarlo cuando hubo terminado.

Una noche lluviosa unos años más tarde, Raúl Heliodoro murió de una fractura de cuello después de haber caído los cinco pisos desde la ventana de su apartamento hasta el concreto.  La muerte fue declarada un suicidio por las autoridades. Un manuscrito de 396 páginas cubierto con alteraciones y garabatos fue descubierto entre redes de arañas en su escritorio… y luego fue enterrado bajo un montón de basura húmeda en el relleno sanitario de la cuidad.

El papel laminado fue soplado por las calles oscuras de Buenos Aires la noche que el cadáver de Raúl fue colocado en la morgue, y fue atrapado bajo la bota pulida de un jefe de la policía cuando se detuvo para encender un cigarrillo. El hombre se agachó y la recogió, especulando sobre lo que podía ser. Entrecerrando sus ojos analfabéticos en la penumbra, lo acercó a su rostro y leyó. Inclinó la cabeza, meditó sobre el significado de la frase por un momento, luego lo arrugó y lo lanzó en la cuneta.

Translation by
Penelope Vargas